lunes, 17 de julio de 2017

Ojalá que llueva café



 
Caminan a zancadas amplias pero lentas, como si tiempo y espacio tuvieran para ellos otra dimensión; porque tiempo y espacio tienen, para ellos, otra dimensión. Visten ropas gastadas y duraderas, nunca a la moda porque ese concepto, “a la moda”, no significa para ellos nada que valga la pena. Saben hacer cosas que no sabe hacer casi nadie más. Cosas esenciales. Y no saben hacer muchas cosas que, a menudo, creemos nos hacen más competentes que ellos... No suelen hablar mucho, pero sí ser puntuales en el verbo, tajantes en sus contestaciones, incluso broncos, acerca de aquellos asuntos que estiman propios, y cancelan los ajenos que ignoran con displicencia o desprecio lacónicos, ¿quién podría culparles?
Conducen con parsimonia, con una ilógica velocidad constante que aplican por igual a las travesías y las carreteras estrechas y mal asfaltadas que drenan sus dominios o a las nacionales que los dividen y a veces también a las autovías que los circundan desdeñosas. Y lo hacen por el medio de la vía, apartándose al cruzarse con otro vehículo en un último y temible instante, resuelto con aparente indolencia. A veces atropellan un animal y lo arrojan a la cuneta sin ceremonias, tal vez con la convicción de que algún día les arrojarán a ellos a una misma y figurada cuneta. Quizás lo hayan hecho ya.
Espían la vida desde ventanas entornadas. Saludan a quien quiera topen por la calle, porque las calles solo suelen devolver el eco de sus pasos. Y aunque a veces no hablen a alguno de sus vecinos, incluso los aborrezcan, en caso de emergencia acuden sin preguntar de quién se trata y se arremangan a ayudar con el mismo hosco mutismo.
Son los postreros pobladores de un paisaje que se cierra para siempre, de una civilización y formas de vida que, en sus fundamentos, se remontan al neolítico. Quizás no se despueble esa tierra, quizás, más adelante, vengan jóvenes… pero ya no serán quienes la habitaron desde siempre, testimonios de una arqueología por llegar. Sin épica ni lírica que proceda de ellos mismos, estos últimos mohicanos solamente se consumen. Desaparecen lenta e inexorablemente como el hielo del ártico, los tigres de Siberia o los linces ibéricos, sin saber cómo evitarlo. Ni siquiera hijos y nietos, que acuden a ellos cada estío o cada puente para subrogar leve nostalgia de dominguero. Son silenciosamente repudiados por generaciones de españoles que un verano de estos se encontrarán vacías las calles de los pueblos y las carreteras de los valles y montañas donde se circulaba con esa flema de bueyes con que se extinguen todas las cosas justo antes de que empecemos a levantar museos a su memoria o estrenemos llorosos documentales y entonemos sentidos poemas para honrarlas. Habitan territorios enormes y solitarios que son suyos porque nadie más los quiere, pero que creemos nuestros cuando nos apetece. Este verano aún se les reconoce como parte del paisaje. Cada día menos. Ojalá lloviera café en el campo.
(Publicado el 15/7/2017 en La nueva Crónica de Léon, en una serie estival llamada "Extinto de verano" La foto es de Eloísa Otero. http://www.lanuevacronica.com/ojala-que-llueva-cafe )

domingo, 16 de julio de 2017

Sapore di sale



 
Aunque todo se termina, extinguirse tiene mala prensa. Y sin embargo, la extinción permite avanzar; es, como dicen los publicistas, el “motor del cambio”. La mayoría de los seres que poblaban el planeta ha desaparecido a lo bruto al menos en cinco ocasiones. Algunas de esas masivas extinciones globales han hecho tambalearse la vida terrestre, como sucedió a finales del Pérmico; pero en general, gracias a ellas, somos lo que somos. Particularmente mamíferos y humanos en especial debemos estar agradecidos, ya que la última extinción, la cretácica, despejó el escenario de grandes saurios para que pudiéramos ocuparlo. Como sucede con las crisis, las extinciones comportan un remplazo, una liberación de energía y la apertura de un panorama lleno de expectativas y contingencias. La cuestión es si te toca extinguirte, que eso sí da mal rollo. Por poner un ejemplo: la próxima nos toca a los humanos. Es la nuestra. Cuando se habla de que el planeta se va al cuerno, en realidad se quiere decir que nos vamos nosotros, pues el planeta seguirá por su cuenta cuando nos apeemos. Sin pena ni gloria. Nos queda el consuelo que tenía Abraracúrcix, el jefe galo: el cielo se caerá sobre nuestras cabezas, pero no será mañana mismo. Tardará un poquito, pese a que apretemos el acelerador cada día más gracias, entre otros muchos, a otro jefe, el gringo.
Sigamos. Según un análisis meramente formalista, todo surge mediante tres tipos de procesos, a veces combinados: invención, repetición y abandono. O algo nuevo (y que conste que la novedad no es a menudo clemente, ni siquiera oportuna), o replicado (pese al hipotético desprestigio del plagio, es el proceder más exitoso: véase el ADN) o descartado (casi todo lo que hay en los museos, por ejemplo, ha sido “rehecho” a partir de un abandono). Otro tipo de observaciones confirman que nada se destruye, sino que adquiere otro estado, a menudo irreconocible. En esas condiciones, poco sentido tiene apenarse de cualquier extinción, por mucho que nos toque. Y menos aún en verano.
Todo esto viene a cuento (o no) de algunas extinciones que trataremos aquí, en la página postrera y la más bochornosa (por ser la más estival) del periódico. Durante estas semanas de estiaje que también afectan a las noticias y al papel que ocupan, se puede aprovechar que en verano da menos repelús abordar ciertos temas: uno se entera de cosas alarmantes, pero se gira en la tumbona o pide otro mojito y la filosofía del jefe de la aldea irreductible ejerce su efecto reparador. Hay pociones para casi todo. Lo que desaparece deja “un gusto un po’ amaro di cose perdute”, que cantaba Gino Paoli en 1963, justo el año en que alojó una bala junto a su corazón. Pero ya habrá tiempo para nostalgias en otoño y para remover el rescoldo de la melancolía invernal (Paoli aún vive, celebrémoslo). Es tiempo de verano, extinto de verano. Acomódense y gusten.
(Publicado el 8/7/2017 en La nueva Crónica de Léon, en una nueva serie llamada "Extinto de verano": http://www.lanuevacronica.com/sapore-di-sale)

sábado, 1 de julio de 2017

Gúgol



 
Nada es gratis. Para los ingenuos que desde hace años nos preguntamos dónde reside el negocio de las páginas y los buscadoresde internet a los que accedemos supuestamente sin pagar un duro (conexiones aparte), el tribunal de la competencia de la Unión europea ha proporcionado un precio: una multa récord de dosmilcuatrocientos veinticuatro millones de euros. Si esa es la multa, imagínese el beneficio.Averiguan y comercian con nuestra curiosidad y expectativas, no hay mayor negocio en el mundo, desde la esfinge aquella o la cabeza parlante que asombró a don Quijote. Ponen ante nuestros ojos con cómoda presteza aquello que apetecemoscuando asomamos a esa ventana fascinante y perversa que sojuzga nuestros escritorios. Por ese motivo, como me advierteun amigo, se busque lo que se busque en la pantalla, entre las primeras imágenes siempre aparece un desnudo (los deseos son previsibles). Aunque, como en las crónicas judiciales, hay que escribir “supuestamente”, porque el trapo rojo que ponen ante nuestras billeteras no es tanto lo que queremos como aquello que pretenden que queramos. Y compremos.
Si Freud hubiera supuesto la existencia de algo así nos hubiera ahorrado centenares de párrafos abstrusos y alguna teoría paranoica sobre nosotros mismos y nuestra mismidad, aparte de un montón de dólares a los neoyorquinos y algún glorioso chiste de Woody Allen. Hubiera bastado con teclearuna palabra que extractara nuestros anhelos, como en un test de Rorschach, y darle al intro. Intro, qué término freudiano.
Un gúgol (origen del nombre de Google) es vocablo acuñado por un crío para referirse a laastronómica cifra de un uno seguido de cien ceros. Un número pasmoso que sin embargo se queda corto ante la suma de operaciones que el motor informático realiza en un relámpago imperceptible. Pero a mí me asustan más otras cifras que estoy empezando a entender: dos mil cuatrocientos veinticuatro. Millones de euros. Y es solo la multa. El precio de nuestros deseos.

domingo, 25 de junio de 2017

Rosebud



 
Moríamos y dejábamos un reguero de cosas que nos habían pertenecido, que habían significado algo, mucho, poco, descuidadas algunas, para siempre calladas otras. Eran algo para nosotros. Nos marchábamos con una cruel estampa de naufragio que apenas nadie se atrevía a recomponer días después, a rescatar de esa playa vacía y gris tanto despojo humillado e inútil. Un montón de ropa pasada de moda, ajada o sin estrenar, algunos libros amarillos y cuadernos con notas que nadie va a leer nunca más, trastos que quizás acaben en la basura, alguna deuda o algún dinero que gastarán otros sin saber cómo se ganó o por qué se reservó, una casa llena de nieblas, un coche que nadie se atreve a mover, el cajón roto que no llegamos a reparar. Ensueño.
Sin embargo, ahora dejamos atrás una marca fósil de afanes que antes se disipaban como el humo de los pitillos que ya no fumamos en los bares. Lo que comentábamos precisamente en ellos también permanece, para bien o para mal. Huella digital, lo llaman. Y nos definirá rudamente, cuando aquellas trizas se hayan ventilado en ropavejeros y escombreras. Perdurará, aunque ni lo merezca ni lo pretenda.
Un corazón deja de latir, y durante unas horas, unos días quizás, el teléfono móvil del difunto aún tiene batería para seguir palpitando sin que nadie sepa desbloquearlo para detener su aliento turbador, cerrar sus párpados definitivamente. Durante las horas en que nuestras células se consumen en un holocausto íntimo y gélido, resistirá una parte de nosotros acorazada y brillante en su interior metálico, una substancia vicaria clausurada para los demás que siempre llevábamos encima.
Y después, cuando los días pasen y se desvanezca nuestra presencia de aquellos lugares y gentes que quisimos, aún resonarán tenue pero tercamente las imágenes y palabras que alegremente lanzamos a algún pozo luminoso, quizás sin creer verdaderamente que llegarían al fondo, como monedas en la fuente destinadas a cumplir el imposible deseo de regresar.
(Publicado el 24/6/2017 en La Nueva Crónica de León: http://www.lanuevacronica.com/rosebud)

domingo, 18 de junio de 2017

Rural



 
Cíclicamente, la ciudad se harta de su propia intensidad y frenesí, tan insatisfactorios, y vuelve la vista al campo, a lo rural. Pero casi siempre lo hace con una actitud entre condescendiente y melancólica que de poco sirve a quienes allí viven. O la cabaña de Thoreau o una posada de turismo rural; un apartamiento idealizado e individual o una naturaleza dominguera prêt-à-porter sometida a patrones urbanos. Así ha sucedido constantemente, ya fueran los terratenientes del Imperio romano, que exportaban al agro los modelos urbanos en sus villas de recreo, o en las postrimerías del Renacimiento, cuando se acuñó la imagen arquitectónica occidental de ese “retiro”, un palladianismo que emparenta Luisiana con la Sierra de Madrid. El campo era Versalles o un hayedo japonés, pero debía ser el jardín de la ciudad.
Esta semana el Ministerio de Educación (y de Cultura y Deporte) ha celebrado en la Fundación Antonino y Cinia de Cerezales del Condado un Encuentro sobre cultura y mundo rural. También allí se ha reproducido algo de esa actitud bienintencionadamente condescendiente: se pretende amparar lo rural, a menudo sin haberle invitado a que nos cuente cómo, cuándo y por qué ha de ser salvado, si es que ha de serlo. La alabanza de aldea se hace desde la corte.
Los últimos rincones de España en disponer de electricidad fueron pueblos de la Raya junto a las presas que abastecían al país entero. Hoy, casi dos tercios del territorio carecen de red informática u opciones energéticas, aunque antenas, molinos y demás instalaciones los crucen sin miramientos. ¿Cuánto del uno por ciento cultural de autovías y líneas férreas se invirtió en la cultura campesina? ¿Existe aún, más allá del folclore y el tipismo? Lo rural preserva aún atributos propios: un distinto sentido del tiempo, del trabajo, de la comunidad, de la propiedad… Conforma una alternativa vital arrinconada histórica y socialmente. No sé si la ciudad se acerca para conocerla o para admirar su apacible ocaso.
(Publicado en La Nueva Crónica de León, el 17/6/2017: http://www.lanuevacronica.com/rural)