lunes, 18 de septiembre de 2017

Surtido con coco



 
Poca gente aprecia los yogures de coco. Y al que le agradan, descarta los de fresa, un suponer, porque su gusto es otro. Lo mismo sucede con otros surtidos, como los de galletas: al final (aunque hay quien las engulle primero) quedan las que menos apreciamos y, a regañadientes, acabamos comiéndolas, porque no hay más remedio que comprar el lote entero, el paquete completo con lo que nos gusta y lo que no. Uno acaba por concluir que los surtidos están para dar salida a galletas que nadie querría por separado.
Los textos de cierta amplitud son también como una caja de bombones, que diría Forrest, contienen cookies de todo tipo. Sucede con la historia, que no deja de ser un relato inacabado: de ella puede extraerse cualquier porción que encaje en preferencias a menudo contradictorias o contrahechas. La Edad Media, por ejemplo, es la predilecta para localismos e identidades de cercanías, por su base de feudalismo, su aderezo místico y su pizca de estética a lo Príncipe Valiente. Tiene mucha salida también el indigenismo prerromano, y gollerías glacés tipo templarios, mercadillos y justas, torneos y batallitas a campo abierto. En esos roscones, el problema es dónde cortar. Y, por supuesto, el relleno, que desagrada por insípido y hueco. El sabor proscrito para los que gustan de este tipo de estuchados son biscotes como el humanismo, la Ilustración o las revoluciones, productos bajos en azúcar que acaban por revenirse. Compramos historia para degustar golosinas.
Más. La Biblia, el texto más veces impreso según sus publicistas, resultaría una indecente colección de barbaridades si no fuera porque tiene algún bizcocho de chocolate y barquillo que pretende justificar el estuche entero. Cuando nos ha dado por engullirla entera, a pies juntillas, el empacho ha resultado épico. Sucede así con textos que han acabado por ser una especie de Biblia, como la Constitución española, con las mismas ínfulas de intocable (menos para la cosa financiera) y hasta de venerable. Según parece, la subida al Sinaí de 1978 era para siempre. De aquella, cuando se puso delante de las urnas, junto a los derechos fundamentales y otras cosas de mucho gusto y sabor, en el pack había galletas de coco: la monarquía, por citar otro suponer. O las autonomías a cascoporro, que eran de café y para todos cuando a algunos les sentaba fatal. De ahí ese regusto un tanto rancio de nacionalidades y regiones que tanta acidez despierta en estos días por falta de cocción.
En fin, lo mismo ocurre con los programas políticos. Sale elegido un partido, y a partir de ese momento si no cumple su programa es porque las circunstancias se lo han impedido (no había butano en la cocina, faltaba sal…), y si cumple con algo, suele hacerlo con la parte menos comestible o apetecible de todo el surtido, aquella en que ni nos fijamos cuando compramos la caja. Eran cocadas que, de otra manera, no tenían salida.
 (Publicado el 16/9/2017 en La Nueva Crónica de Léon, en una serie llamada "Las razones del polizón": https://www.lanuevacronica.com/surtido-con-coco)

domingo, 10 de septiembre de 2017

Vacaciones de verano



 
Todo se acaba, y el verano mucho más. El verano se está acabando desde el primer día. Desde sus mismos inicios hay agoreros que, a los primeros frescos esporádicos, exclaman “se acabó el verano”. O más sibilinamente: “ya menguan los días ¿eh?”, “Se nota el relente de madrugada más que antes”, etcétera. Nos molesta que el verano se prolongue más que las vacaciones; eso, amigos, no se puede tolerar. Si el clima no acompaña nuestro estado de ánimo, como sucede en la novela negra, al menos podría concordar con el laboral. Fíjense que esta perecedera sección de extinciones varias y canciones pegadizas concluye una semana antes de que el verano, el astronómico y hasta el climático, concluya a su vez. Lo dicho.
Además, este estío ha sido más cargante que otros, más afanoso, más concienzudo. Atrás quedan los julios y los agostos en que el periódico mermaba al tiempo que lo hacían las novedades hasta que llegaba un momento en que el mundo parecía suspenderse quieto como el mismo sol cuando alcanza su cénit y nos invita gentilmente a no mover un músculo. Agosto no ha sido agostizo, y, contra toda presunción, ha colmado los titulares de prensa de premoniciones sobre el futuro, a poco que no nos empeñemos en vaticinarlo en el vuelo de las aves. Un futuro seco y caluroso, de embalses consumidos y tierras yermas. Un futuro de huracanes colosales y lluvias súbitamente enloquecidas que parten por el medio largas y despiadadas semanas de soles crudos. Un pirómano, sediento y perturbado porvenir. Este verano nos ha anticipado el cambio climático y la agonía de nuestro medioambiente en forma de suplemento vacacional, de cuaderno de vacaciones Santillana profusamente ilustrado: esos deberes para los próximos cursos que siempre dejamos en blanco para el día siguiente.
Es cierto que para entretenimiento de cercanías contamos con temas enjundiosos de mucha tinta y letra grande. “El desafío soberanista”, que suena a peli de Schwarze, o “la amenaza atómica coreana”, que también tiene marchamo fílmico, del Bond de los de antes, de cuando no se despeinaba y era puro Broccoli. Pero con el final de las canículas veraniegas, quizás deberíamos contraponerles tareas aún más sustanciales, para poner cada cosa en su sitio. A largo plazo, además, más que los conflictos alarma la forma en que son abordados: buenos y malos, síes y noes, sol y sombra. Hay en todo lo que se dice y se hace una vocación de enfrentamiento, de guantada y duelo a pistola sin respetar ni los pasos ni la ceremonia, a lo OK Corral. Mal negocio esa desprivatización: la conversión en públicos de los modos y maneras de lo privado sólo amplifican el ruido, la furia y el desconcierto.
Hay quienes se van en septiembre de vacaciones. Afortunados ellos. A mí me dicen que volveré a este lugar. Será con otra vitola, porque el verano, lo que es el verano…
 (Publicado el 9/9/2017 en La Nueva Crónica de Léon, en una serie estival llamada "Extinto de verano": https://lanuevacronica.com/vacaciones-de-verano)

domingo, 3 de septiembre de 2017

Opá, yo viacé un corrá




La canícula ofrece momentos propicios para la práctica de nuevas y aventuradas aficiones au plein air, bien sean físicas, bien austrohúngaras, que diría el maestro. Plantar un huerto cuando apenas se ha olisqueado ocasionalmente algún tiesto, escalar un monte en chanclas, practicar Skeet surfing… Seremos abrupta y discretamente apartados de la mayoría de esas actividades gracias a climas menos insoladores o mediante alguna lesión, acceso de gastroenteritis o mero agotamiento de nuestras ansias de novedad, por otra parte siempre en vías de extinción. Muchas de esas transitorias aficiones tienen que ver con el campo y nuestro deseo de retornar a la madre tierra, rendir tributo a nuestro yo neolítico y otros ardores relacionados con la ingesta de productos supuestamente saludables y rurales, en general etilizados con largueza. También por ese motivo estamos en estación oportuna para la edificación de corrales. Corrales, apriscos, rediles y demás vallados nos permiten aliviar cosillas de esas que nos importunan en vacaciones, gracias al acreditado método de su reclusión, sustituto outdoor del usual barrido bajo la alfombra.
Este verano se demanda mucho un sólido corral para yihadistas, argumentando que son gente de pronta identificación y cura en cuarentena, como la viruela. Se les aparta o se les tirotea (que es la forma de corral más categórica). Pero, de paso, se piden cercados para musulmanes, que según parece, son ciudadanos de un país muy malo y muy otro, y también se les ha de notar mucho. Se ve que la Reconquista es otra de esas cosas que se dejaron a medias. Qué tradicional este corral, seguro que gusta mucho en las fiestas patronales y tomatinas... Otro corralito se demanda mucho para los catalanes que hablan en catalán. A quién se le ocurre. Es como si estuviera escribiendo esto… en castellano. Qué disparate. Ah, y en el corralillo de la CUP, que pongan un rey para que se entretengan; ellos y el rey.
Otro redil vendría pintiparado para tantos como despotrican contra una cosa y la contraria en redes y mentideros. Este corral en concreto debería organizarse en plan granja avícola, con jaulas estancas en batería, de esas que dan mucho ruido y mucha pestilencia a causa de la cría intensiva de necedades redonditas y blancas, de frágil cáscara, que se van depositando en canaletas cuya desembocadura las acopia en un mismo y atiborrado lugar, listas para un consumo masivo.
Lo cantaba antaño el Koala y también Trump, en su éxito del pasado otoño: “voy a hacer un corral”. Y lo cantan desde Melilla a Corea, pasando por Palestina o por Calais…. Está de moda este verano, y tantos otros, desde el muro helado que vigila la guardia de la noche. En fin, que ví a hacé un corrá. Uno para meterme yo dentro. “Tengo las maeras, y tengo los tablones. La chapa, der tejao, la he sacao d'unos bidones... tengo las maneras y tengo las intenciones…”
(Publicado el 2/9/2017 en La Nueva Crónica de Léon, en una serie estival llamada "Extinto de verano":  http://www.lanuevacronica.com/opa-yo-viace-un-corra)

domingo, 27 de agosto de 2017

Give Peace a Chance



 
Está a punto de desaparecer de la pantalla grande, si no lo ha hecho ya, pero ha sido la película de este verano, casi unánimemente. Dunkerque, una obra maestra de Cristopher Nolan que se ciñe a un suceso tan principal y relevante como poco tratado en la apología fílmica de la Segunda Gran Guerra. En apenas una semana de la primavera de 1940, las fuerzas aliadas, acorraladas contra el mar por la Wehrmacht, fueron evacuadas desde playas francesas hacia Gran Bretaña por cuanta embarcación flotara, salvando así gran parte del ejército que, cuatro años después, desembarcaría en Normandía para acabar con Hitler. Cabe preguntarse por la elección de este episodio. La Segunda Guerra Mundial fue, posiblemente, la última “guerra justa” en Occidente, concepto extinto, con diferentes sentidos a lo largo de la historia. Con un enemigo diabólico y la inequívoca razón en la fuerza vencedora, se ha tratado siempre como un triunfo necesario y heroico. Más aún cuando su final fue el inmediato inicio de otra guerra, soterrada y latente que había de acabar casi medio siglo después en Berlín, donde había comenzado. En ese sentido, la guerra civil española prologa ese ciclo bélico, y por eso sus consecuencias siguieron vigentes durante la guerra fría. La exaltación patriótica y belicista del gran relato nacional que construye el cine americano ha tratado siempre esta guerra global de manera muy distinta a Corea, Vietnam o las siguientes. Si estas son su corazón de tinieblas, aquella sancionaba la valentía de una generación y la luminosidad de una victoria sin paliativos. Hasta Kubrik, cuando quiso reprobar todas las guerras, escogió la Primera y la escala de grises. Muchas son las virtudes del film de Nolan. Apenas dialogada, se centra en la acción y las historias cruzadas de un puñado de personajes a los que la cámara parece escoger por azar: daría igual cualesquiera otros, parece decirnos. Además, como hiciera Goya en los Fusilamientos, el enemigo no muestra su rostro, su mano golpea con ciega ira y fortuna incierta. La guerra no contiene sino crudeza, ruindad, sufrimiento, muerte y, en ocasiones, algún acto honorable que pasa desapercibido, que solo tiene sentido para quien lo lleva a cabo. Pero pronto, la película de Nolan (es suya: dirige, escribe, produce…) deja de ser una película de guerra para convertirse en un alegato sobre el salvamento, el rescate de gentes atrapadas y desesperadas por alcanzar un lugar que llaman hogar. Sólo quieren salir del infierno y regresar a casa. Imposible no pensar en tantas imágenes similares y tan actuales, imposible no ver a tantos como aún hoy siguen peleando en esa misma guerra, la de salvarse del infierno en la tierra, y en los rostros que arriban exhaustos a tantas playas hacia una manta tendida por algún alma caritativa. Por eso, tal vez, escogió Nolan este tema, porque es una batalla que aún se libra.
 (Publicado el 26/8/2017 en La Nueva Crónica de Léon, en una serie estival llamada "Extinto de verano": http://www.lanuevacronica.com/give-peace-a-chance )

domingo, 20 de agosto de 2017

Rock and roll en la plaza del pueblo



 

Florecen en cunetas o contenedores con apremio luminiscente, grandes letras negras sobre folios amarillos o naranjas y mensajes de tan sucintos, herméticos como consignas de un frente de guerra ilusorio. Marne, 5 y 6 de agosto. Villamayor, 11, 12 y 13. A veces se acompañan de santos y señas aún más crípticos y llamativos, provistos de su propia ortografía, portadores de una promesa rudamente anglosajona o exótica: Disco móvil Amnexia, Strenos, Orquesta Anaconda, Súper Hollywood, Sound Station, Jamaica Show, Buona vita, Mercury, Platinum, Nebraska, Tango, Acordes…
Porque, cuando una generación había desertado de peregrinar a las fiestas de los pueblos, seducida por sirenas urbanas, bares más mundanos y más relucientes discotecas, resulta que una hornada de jóvenes vaga sin rubor ni desaliento por verbenas y celebraciones veraniegas en eras polvorientas, plazas confusas y descampados de pueblos a veces minúsculos, convertidos en centros de atención rutilante para muchos kilómetros a la redonda durante un par de noches al año. Quién lo hubiera sospechado… Y digo verbenas, pero las más de las veces se trata de una caravana sonorizada hasta sus últimas consecuencias dispuesta estratégicamente para que sus remedos musicales impidan escucharse mutuamente, lo suficientemente cerca de una improvisada cantina, lo insuficientemente lejos de unos vecinos que, estoicos o crispados, soportan su inclemencia durante toda esa larga noche. El letárgico corazón de la España vacía fibrila con estos sones noctívagos, culminando una taquicardia que comenzó julio atrás con la llegada de los veraneantes, ese espejismo.
Se extinguían, pero surgieron de un rescoldo agitado, de donde surgen cosas que hace poco juzgábamos vetustas y hasta rancias, y ahora llamamos tradicionales (la semana santa, los juegos florales, las mascaradas…). Cierto es que, pese a los esfuerzos de muchos, sucede lo que en tantas celebraciones ancestrales: se han convertido en un producto de consumo estandarizado que responde, doquiera, a idénticos patrones. La misma mecánica, la misma música, las mismas bebidas y comportamientos, los mismos rostros, gestos, actitudes… Uno acaba por no saber dónde está hasta que pregunta al retén de la Guardia civil que le manda parar a la salida del pueblo, en la penumbra del amanecer.
En septiembre, la carretera discurrirá entre las casas bajo sartas de pequeñas banderas de colores desvaídos, y los coches agitarán levemente las trizas de aquellos anuncios fosforescentes aún adheridas con celofán a las señales de tráfico. Y, tal vez, al conductor se le ocurra tararear alguna canción de las fiestas de su pueblo: “Un poco más de rollo, nene, no vendría mal: si no estoy colocado, no puedo tocar. El rock está en mi cuerpo, y a mí me hace vibrar, saltar y desmadrarme, me puedo liberar. Si el rock esta en tu cuerpo, salgamos a bailar…”
(Publicado el 19/8/2017 en La Nueva Crónica de Léon, en una serie estival llamada "Extinto de verano": http://www.lanuevacronica.com/rock-and-roll-en-la-plaza-del-pueblo)