domingo, 22 de octubre de 2017

Presagios viejunos



 
Año del cómputo antiguo de 2117, empleado en atención a los visitantes foráneos. Programa de festejos sanfroilánicos y felipejuanescos en honor y por causa de la muy loable memoria de Hermes Trimegistro y la Madre del cordero lechal, mentores y númenes del Reino nuevo desde el decimotercer congreso de ¡Oh! cultismo “Místicos, cronísticos y sicalípticos de la margen derecha del Bernesga”, efeméride que en su pasada edición proscribió el sistema métrico con gran aplauso de público y halló testimonios precisos y preciosos sobre la planitud de la parte del planeta Tierra que ocupa el alfoz de la ciudad. “Ya se darán cuenta los demás, ya” declaró en el recordado discurso de clausura la autoridad municipal.
Durante jornadas sin morigeración, León celebrará, emancipado y gozoso como suele, su ecumenismo gastronómico con profusión de mondongo y ristras de ajo sobrantes de la consecución catorce veces consecutivas del título de Capital gastronómica y astronómica, con plétora de estrellas michelín y de las otras. Tendrá lugar en el palacio de Congresos, rebautizado León pamema, marco inmarcesible y de diseño refinado para tenderetes y tragantonas de varia condición.
Ítem más: en la plaza de San Isidoro, rebautizada como de Sir Galahad tras conocerse que tal paladín era natural de Murias de Rechivaldo, se celebra el centenario y pico (las precisiones matemáticas fueron declaradas impías) de la revelación griálica, o, en mejores palabras de nuestros próceres que a la sazón citamos con fervor: “de cómo una copa tenida por joya medieval devino en divino contenedor de vino, en épocas y égidas de la muy digna cronífera de altas y copetudas Atalayas, halladora magna, madre de copones”. Habrá certámenes de arrojamiento de lanzas sagradas hacia costado de recalcitrantes y de fregoteo de sacra vajilla, patrocinado por conocida marca de detergente.
Al atardecer, en el homenaje al superhéroe leonés Calleja del Carpio, tendrán escenario en los descampados que lindan con el demolido capitolio de la pérfida Junta los fuegos de artificio que este año consistirán, como en pasados, en la quema de farautes y gentes de mal agüero, en efigie (salvo voluntarios). Las noches serán nuevamente amenizadas por la orquesta Perspectiva, cuya recaudación se destinará en favor de los expósitos del madrileño barrio de Salamanca. Habrá juras de bandera y sorbetes de butano para los más fogosos. Talleres de espatulomancia, litomancia, postluciferismo, auspicio del vuelo de drones y exégesis de la tos ferina se impartirán gratuitamente en los carriles para bicicletas destinados a uso peatonal. Los populares carros serán engalanados, según secular tradición acuñada el pasado junio en algún barrio extramuros, con copia compulsada de las crónicas de la cábala que han demostrado la continencia de la virgen de Fátima más allá de toda duda razonable. Esto es León, bienvenidos a la sebe del misterio.
(Publicado el 22/10/2017 en La Nueva Crónica de Léon, en una serie llamada "Las razones del polizón": https://www.lanuevacronica.com/presagios-viejunos )

domingo, 15 de octubre de 2017

El país de las maravillas



 
En tiempos modernos, hemos sido un poco de todo los españoles, especialmente vistos desde fuera, con esa aura de país venturosamente maldito, capaz de lo peor y lo mejor, a medio camino entre la Leyenda Negra y el Siglo de Oro.
Durante la dictadura, la mercadotecnia del turismo landista nos concibió diferentes (Spain is different) promocionando que no éramos Europa y, en consecuencia, los europeos debían acudir a contemplar esta rara avis en su zoo ultrapirenaico. Era un aprovechamiento meditado y ramplón del pedigrí acuñado durante el romanticismo por los viajeros británicos o franceses que se quejaban del ajo, las posadas y los caminos, mientras caían fascinados por la brutalidad y exotismo de nuestro supuesto embrujo montaraz. Años después, la Transición nos hizo a su vez alegres y despreocupados como muchachos con permiso para llegar tarde a casa y obligados a ello, provistos de una jovialidad algo impostada y febril que se agotó en cuanto un par de legislaturas socialistas nos pararon los pies en el viejo (y cansado) continente. Sin embargo, a pesar de todo, seguimos creyéndonos risueños y vocingleros, dados a las beatíficas y soleadas parrandas de los anuncios de San Miguel. Nos creímos también buena gente. Solidarios, con ese punto generoso que avalan el récord en trasplantes, las participaciones militares y civiles en misiones de paz o la expansión de derechos durante el último gobierno socialista. El nuestro era un país afable y humano. Incluso en medio de la crisis económica, el buen rollo parecía la mejor arma con que combatíamos la indignación por la marea de corrupción política o los recortes en servicios públicos básicos en que chapoteamos. Aquí no había partidos ultra, ni violencia en las calles, ni congojas de culebrón. Por no haber, se echaban de menos hasta sinvergüenzas en la cárcel. Pero las faltas de respeto y la intolerancia se miraban mal. Éramos españoles, habíamos ganado un mundial y resistíamos arrogantemente un rescate que nuestro hidalgo gobierno no reconocía haber pedido: podíamos con todo.
Pero despertamos y el dinosaurio está aquí al lado. La hidra de nueve cabezas, el monstruo de la europeidad más oscura e indeseable. Resulta que sí había: fascistas con la bandera del último dictador repartiendo mamporros, nacionalismos decimonónicos y chapuceros, manifestaciones y pancartas de unos contra otros, bandos irreconciliables, personas que se miran mal a la primera frase discrepante, redes sociales inflamadas de furibundos calificativos, mala leche a granel, violencia oral y de la otra. Odio. ¡Que le coooorten la cabeza! berreamos por cualquier pulla, como reinonas de cartón pintado. Lo llaman guerracivilismo algunos azuzadores grandilocuentes, pero se trata del gañanismo faltón de siempre. España, esa nación de enajenación, el inagotable país de las maravillas.
(Publicado el 15/10/2017 en La Nueva Crónica de Léon, en una serie llamada "Las razones del polizón": https://www.lanuevacronica.com/el-pais-de-las-maravillas )


domingo, 8 de octubre de 2017

Adéu germans (y hasta pronto)



 
Ya se han ido, no hay vuelta atrás.
Poco importan ya los argumentos. Poco importa la historia, esa meretriz, y la cultura, ese alcahuete, los mapas de la Edad Media con colorines y las banderitas y peroratas sobre esto y aquello. Poco importa la Constitución y las leyes poco importan ya. El sentimiento domina, se ha consumado el proceso, que era precisamente la creciente hegemonía de una sensación: la creencia en una solución simple, sustancial, afectiva. Y, como estaba previsto, se han ido.
Quizás con otros gobiernos por ambas partes, con otra política, hace años, meses incluso, las cosas habrían sido diferentes. Habrían podido convenirse soluciones que dejasen fuera de juego la exclusión y modulasen las pasiones. Pero no ha sido así. Después de tantas advertencias y de ver a ministros y al presidente reiterando que no habría referéndum, lo hubo. Y aunque fuera una farsa, la farsa se transformó en épica desde el momento en que la policía intervino. La épica que necesitaba el independentismo, la épica que les ha hecho ganar pese a todo: la que dice adiós, España. Las fuerzas de orden público hicieron su trabajo, seguramente con pulcritud, no cabe reprocharles nada: sí a quien les envió contra ciudadanos pacíficos que votaban en un supuesto remedo. Enviarlos convirtió ese simulacro en una realidad mucho más poderosa que un referendum. Fue una despedida.
En esa cuenta que ahora debemos liquidar no ayuda la reacción de buena parte de la opinión pública y publicada. ¿De dónde ha salido tanto odio? ¿Cómo no sentirse otro en medio de tales arrojos patrióticos? En toda confrontación visceral, los “equidistantes” (qué palabra…) son víctimas de ambos bandos. Me niego a tomar partido, nada ni nadie puede obligarnos a ello, y creo que esa es la esperanza para muchos, quizás para todos. Pero constato una realidad: no hay retorno. Adiós.
Se han ido, sea más tarde o más temprano. Esta semana (el día 6 fue aniversario de la proclama de Companys) o el año próximo. Da igual, porque está hecho. Por ese motivo ahora, mejor temprano que tarde, hay que recomponer la cordura y reconocer que cabe acordar un buen final para que se convierta en un buen principio, una nueva relación, un hasta pronto. Debe hablarse de futuro. Convoquemos un pacto de familia, hablemos desde la fraternidad. Quitemos la razón a los que quieren enfrentarnos. Dejemos que alguien medie, desde Europa tal vez, ya que de este gobierno solo se espera más torpeza y el jefe del Estado se ha puesto del insuficiente y vetusto lado del “ordenamiento vigente” (no ha entendido, qué lástima…). Quizás una vez que hayamos liberado ese nudo podamos dedicarnos a los graves problemas que tenemos pendientes todos; catalanes, españoles, europeos. Estas son líneas de una despedida dolorosa. Siento que os vayáis, siempre seréis hermanos. Son días tristes; hagamos que los venideros no lo sean más.
(Publicado el 8/10/2017 en La Nueva Crónica de Léon, en una serie llamada "Las razones del polizón": https://www.lanuevacronica.com/adeu-germans-y-hasta-pronto)

domingo, 1 de octubre de 2017

Fun with flags



 
Nos dedicamos a descifrar lo que nos rodea a base de símbolos que, a menudo, acabamos creyendo más reales que aquello que simbolizan. De tanto usarlos, terminamos por pensar que la realidad se compone de su encadenamiento inconsciente, confundiendo la representación con lo representado. Y, casi siempre, aquella es reductora, simplificadora, excluyente. El lenguaje pretende poner límites a una realidad ilimitada, y acaba por traicionarla a la baja. Con inadvertida frecuencia la representación ni siquiera se basa en lo representado, no mantiene ninguna ilación, y permite que los símbolos adquieran vida propia y acaben por no tener nada que ver con aquello que encarnaban cuando fueron concebidos. Y con el tiempo, ocupan un campo semántico tan vasto, que sirven para rotos y descosidos por igual. Llegada la ocasión, preferimos nuestros símbolos a la propia realidad; con aquellos nos sentimos seguros y guarecidos, mientras que esta resulta engorrosamente complicada.
Sucede de forma ejemplar con aquellos símbolos del pasado a que nos aferramos para esgrimir la historia como una justificación del presente. Es lo que nos lleva, por poner un caso local y reciente, a calificar como “realista” el retrato escultórico de un rey medieval, hosco, barbudo y algo mohíno, comme il faut. Me recordó a un profesor que tuve y se asombraba de la descripción de un “ángel de tamaño natural”, como si alguien hubiera visto alguno.
Los países y sus banderas son símbolos por antonomasia. Concebidos para oponerse al otro, para dejarlo al otro lado de una línea imaginaria, acaban por significar nadie sabe bien qué y lo mismo sirven, también, para churras que para merinas. De ahí que puedan lucirse en balcones y muros virtuales con la alegría de elevar un trofeo que no nos ha costado conquistar y puede significar cualquier cosa; todas ellas nobles y vigorosas cosas, por supuesto. Nadie se siente responsable de lo que hayan podido hacer sus familiares directos (sobre todo si es algo reprobable), como por otro lado es lógico, y sin embargo es curioso cuántos se sienten partícipes de aquello que hizo gente que vivió hace siglos en el mismo lugar (la noción de mismo lugar es también resbaladiza). Pero ojo, solo de aquellos acontecimientos “distinguidos”, no de aquellos cuya vergüenza ofenda el recuerdo. Estos últimos baldones, como mucho, formarán parte de los símbolos de los otros. Identidad colectiva, se llama con frecuencia a esta evocación selectiva, en puridad un cuento infantil. Por eso cuando aparece Piolín, adquiere su auténtica dimensión. Fun with flags se llamaba el programa que presentaba Sheldon Cooper (The Big Bang Theory) con candorosa ironía y audiencia íntima (unipersonal), única forma digna de abordar el tema. Nos dedicamos a jugar con simbolitos, como niños con juguetes nuevos, y acaban por hacer daño cuando los arrojamos a la cabeza de los demás niños. Pero estamos en el mismo patio de colegio.
 (Publicado el 1/10/2017 en La Nueva Crónica de Léon, en una serie llamada "Las razones del polizón": https://www.lanuevacronica.com/fun-with-flags)