domingo, 12 de noviembre de 2017

Excusado público



 
Con tanto milenario, centenario y cumpleaños redondo o redondeado, se nos pasan algunos más discretos pero no menos trascendentes. En 1917, Marcel Duchamp ponía ante los ojos de la Sociedad de Artistas Independientes de Nueva York, y ante el mundo, un urinario bajo el título de “Fuente” que habría de convertirse en la puerta de entrada a buena parte del arte del siglo XX y lo que llevamos del presente. Un gesto a la altura de la toma del Palacio de Invierno (más centenarios…) que, pese a ser censurado de inmediato, nadie pudo desactivar. Hasta ahora.
Han pasado cien años, lo que, según cierta legislación de Patrimonio cultural, convierte aquel retrete en obra a conservar aunque no hubiera sido exhibido como arte, aunque hubiera sido y servido como un mingitorio desde siempre y hasta hoy. Su mera pervivencia hasta el presente lo trueca en objeto patrimonial y cultural. De hecho, cualquier urinario centenario lo es, aunque algunos tienen más valor, sobre todo si se manifiestan “performativamente” con la debida oportunidad. Don Marcel tenía razón, por supuesto. O tal vez no, y es solo el tiempo el que la tiene.
Duchamp, mejor pensador que artista, quizás no acabó de sopesar el carácter fundacional de aquel gesto, acaso en su momento más una invectiva personal (todo es personal) que una proposición teórica de calado, pero su retrete vertical ilustraba la pregunta que él mismo formularía después con la fuerza de un icono categórico: ¿se pueden hacer obras que no sean de arte? Décadas más tarde, el último chamán del arte de vanguardia, Joseph Beuys, afirmaría que “cada individuo es un artista”, cerrando el círculo en que se encierra y despliega la imaginería de nuestra centuria, para bien y para mal.
Objetos encontrados (readymades) y cadáveres exquisitos hay por doquier, tan solo hace falta darse una vuelta, sin ánimo exhaustivo, por cualquier museo o galería de arte para percatarse del abuso de aquel inexcusable gesto del excusado que ha poblado esos espacios con toda suerte de hallazgos, invenciones y ocurrencias más o menos afortunadas. El tiempo inclemente pondrá en su lugar a la mayoría, ya que nosotros no podemos hacerlo por culpa de don Marcel. Como ya sucediera en otras épocas de la historia, hemos depositado nuestra capacidad de juicio artístico en manos de expertos que aún siguen hablando de la democratización del arte como si tal cosa tuviera un sentido o la cultivaran. La creación de nuestros días, tanto en las artes plásticas como en otras muchas, saquea el baúl de la historia para que el espectáculo continúe haciendo caja, de la misma manera que las demás industrias del entertainment lo hacen con todo fruto cultural aún jugoso o ahumado. El pasado y sus “fuentes”. Lo antaño revulsivo hoy es simple refrigerio, capaz de tan momentáneo pero necesario alivio como el que presta un urinario en el momento preciso. Así que pasen cien años.
 (Publicado el 12/11/2017 en La Nueva Crónica de Léon, en una serie llamada "Las razones del polizón":https://www.lanuevacronica.com/excusado-publico)


domingo, 5 de noviembre de 2017

Nación mutante



 
Psicólogos, sociólogos y demás dilucidarán qué empuja a ciertos ciudadanos a exacerbar su sentimiento de comunidad hasta el punto de sentirse distintos y distantes, en contraposición a otros. No entiendo el nacionalismo en ninguna de sus fórmulas, tan sedantes, y no alcanzaré ese saber. La tan decimonónica idea de nación rebaja mis simpatías en cuanto es invocada, y debo redoblar mi comprensión hacia quien la esgrime como argumento de lo que sea. Estado, por su parte, es término burocrático, administrativamente necesario, supongo, para que sigamos conviviendo, independientemente de que muchas formas del mismo hayan resultado obsoletas o trágicas, sin que por ello hayan dejado de practicarse o preferirse por según quién. Si me dan a elegir prefiero el término país, con su vaguedad no beligerante y a gusto del consumidor.
Pero si algo nos ha enseñado la cuestión catalana (y nos ha enseñado muchas cosas que tardaremos en digerir) es que en los tiempos de la postverdad, las naciones que aspiran a convertirse en Estados no pueden contar con las herramientas de antaño. De partida se suponía que un conjunto de caracteres culturales compartidos (la lengua en especial) y una resuelta y abrumadora voluntad popular podían aspirar a una bandera, unas fronteras, una administración o un gobierno propios. Ya no. En algunas sociedades democráticas, en especial en Europa, banderas, lenguas y culturas no sólo son reconocidas y hasta alentadas, sino que han sido globalizadas en un caldo de libertades que homogeneiza y atempera a cambio de un bienestar individual sistemático y un autogobierno moderado. Renunciar a buena parte de autonomía, de Estado (fronteras, administración, gobierno), atañe tanto a españoles, griegos o lituanos como a catalanes en un proceso, este sí, gradual. Solo en la medida en que se renuncie al amparo que ofrece esa unión, se permiten otras “libertades” a sus componentes. Merced a ese contrato transnacional, fronteras, banderas y demás signos identitarios poco papel juegan, aparte el emocional, para  distinguir países que se congregan bajo un mismo código ideológico, político, económico. El futuro, con suerte, habrá de  convertirlos en objetos decorativos, arqueológicos, y entonces ser catalán, español o griego se reconocerá (como es) un mero azar sin mayores consecuencias ciudadanas.
Quizás Cataluña podría haberse escindido de España con desenvoltura en otro momento, pero no ahora que supone salir también de Europa. Pocos querrían irse hacia tierras de tan promisorias, inciertas. Fuera hace frío. Esta debería ser, al menos, una buena noticia para la edificación europea, pues su pacto de libertad y prosperidades a cambio de ciertas renuncias parece llamado a prevalecer sobre la vetusta idea del Estado-nación. Trato o truco. Ahora solo falta que nuestro gobierno y el Estado se comporten con mesura acorde con ese compromiso y dejen de oscilar de la inacción a la desproporción.
(Publicado el 5/11/2017 en La Nueva Crónica de Léon, en una serie llamada "Las razones del polizón": https://www.lanuevacronica.com/nacion-mutante )

martes, 31 de octubre de 2017

Rojo, impar y pasa: la banca gana.




La banca siempre gana. En los casinos y en el gran casino del mundo. Hace un tiempo el presidente de uno de los bancos más gordos con sede social en este país (el dinero no tiene patria ni procés), uno de sus gurús o más bien crupieres, aseguraba que van a devolver lo cobrado de más a los miles de hipotecados de este país. Reconocía así implícitamente esos abusos. Pero también decía que primero van a dilucidar si el afectado pudo entender las cláusulas abusivas de su hipoteca, dado su nivel intelectual, formación y capacidad. Luego, por tanto, si fue timado con conocimiento o sin él. O sea, pareciera que llama tontos solo a algunos, diferenciando quiénes estaban capacitados para percatarse de la jugada que ponían sobre la mesa. Aunque en puridad nos llama tontos a todos: los que no entendían porque lo eran y los que entendían porque aun así, firmaron. Ya se sabe que si no se reconoce al incauto, uno mismo lo es. La banca, esa vara de medirnos.
También yo he jugado a esa ruleta, por supuesto, y, cómo no, me ha salido tonto. Tuve una “reconfortante” cláusula suelo y los “obligados” gastos de papeleo, que ahora se declaran usura. Por ese motivo, escribí cordialmente a mi banco por si existía opción de recuperar lo mío; mera consulta no vayan a pensar, un porsiacaso. Y me contestaron, claro, con toda la diligencia y amabilidad que una carta sin firma, seguramente maquinal (de máquina) puede contener. Que había cumplido el plazo para reclamar, según tal artículo de tal ley. Ahí se hubiera acabado todo en otros tiempos: con la ley topamos. Pero gracias a Internet los que somos cabezotas encontramos y hasta leemos las leyes. Y el artículo en cuestión -oh, sorpresa- no señala plazo alguno. Lógicamente, vuelvo a escribir: que por favor me indiquen dónde buscar ese plazo. Contestan de nuevo, ya no tan amables, que “en opinión de los expertos independientes consultados por el banco” (sic literal), no pueden estimar mi solicitud. Sin más, ya no hay leyes, hay “expertos”. Como no me gusta que me tomen el pelo y todos contamos con un equipo de expertos independientes que toman cervecitas con nosotros los fines de semana, insisto una vez más para que identifiquen a tan independientes expertos y compartan los criterios y argumentos que manejan para su independiente expertización. Y recibo, al fin, una tercera contestación: que no. Que han resuelto que no tengo razón y punto. Apenas línea y media de carta, en plan déjanos en paz pesado, más que pesado. Ya no hay ni leyes ni expertos: que no. Rojo, impar y pasa.
Como no estoy para pleitos, me cambio de banco. El nuevo banco será igual que el anterior, pero al menos no me han engañado (todavía). Me cuesta lo mío, y hasta lo lamentan en el viejo, preguntando por qué... No diré de qué banco se trata, pero ahora comprendo que tenga su sede en un céntrico edificio de ladrillo rojo que era un casino. Por supuesto.
(Publicado el 29/10/2017 en La Nueva Crónica de Léon, en una serie llamada "Las razones del polizón": https://www.lanuevacronica.com/rojo-impar-y-pasa-la-banca-gana )

domingo, 22 de octubre de 2017

Presagios viejunos



 
Año del cómputo antiguo de 2117, empleado en atención a los visitantes foráneos. Programa de festejos sanfroilánicos y felipejuanescos en honor y por causa de la muy loable memoria de Hermes Trimegistro y la Madre del cordero lechal, mentores y númenes del Reino nuevo desde el decimotercer congreso de ¡Oh! cultismo “Místicos, cronísticos y sicalípticos de la margen derecha del Bernesga”, efeméride que en su pasada edición proscribió el sistema métrico con gran aplauso de público y halló testimonios precisos y preciosos sobre la planitud de la parte del planeta Tierra que ocupa el alfoz de la ciudad. “Ya se darán cuenta los demás, ya” declaró en el recordado discurso de clausura la autoridad municipal.
Durante jornadas sin morigeración, León celebrará, emancipado y gozoso como suele, su ecumenismo gastronómico con profusión de mondongo y ristras de ajo sobrantes de la consecución catorce veces consecutivas del título de Capital gastronómica y astronómica, con plétora de estrellas michelín y de las otras. Tendrá lugar en el palacio de Congresos, rebautizado León pamema, marco inmarcesible y de diseño refinado para tenderetes y tragantonas de varia condición.
Ítem más: en la plaza de San Isidoro, rebautizada como de Sir Galahad tras conocerse que tal paladín era natural de Murias de Rechivaldo, se celebra el centenario y pico (las precisiones matemáticas fueron declaradas impías) de la revelación griálica, o, en mejores palabras de nuestros próceres que a la sazón citamos con fervor: “de cómo una copa tenida por joya medieval devino en divino contenedor de vino, en épocas y égidas de la muy digna cronífera de altas y copetudas Atalayas, halladora magna, madre de copones”. Habrá certámenes de arrojamiento de lanzas sagradas hacia costado de recalcitrantes y de fregoteo de sacra vajilla, patrocinado por conocida marca de detergente.
Al atardecer, en el homenaje al superhéroe leonés Calleja del Carpio, tendrán escenario en los descampados que lindan con el demolido capitolio de la pérfida Junta los fuegos de artificio que este año consistirán, como en pasados, en la quema de farautes y gentes de mal agüero, en efigie (salvo voluntarios). Las noches serán nuevamente amenizadas por la orquesta Perspectiva, cuya recaudación se destinará en favor de los expósitos del madrileño barrio de Salamanca. Habrá juras de bandera y sorbetes de butano para los más fogosos. Talleres de espatulomancia, litomancia, postluciferismo, auspicio del vuelo de drones y exégesis de la tos ferina se impartirán gratuitamente en los carriles para bicicletas destinados a uso peatonal. Los populares carros serán engalanados, según secular tradición acuñada el pasado junio en algún barrio extramuros, con copia compulsada de las crónicas de la cábala que han demostrado la continencia de la virgen de Fátima más allá de toda duda razonable. Esto es León, bienvenidos a la sebe del misterio.
(Publicado el 22/10/2017 en La Nueva Crónica de Léon, en una serie llamada "Las razones del polizón": https://www.lanuevacronica.com/presagios-viejunos )

domingo, 15 de octubre de 2017

El país de las maravillas



 
En tiempos modernos, hemos sido un poco de todo los españoles, especialmente vistos desde fuera, con esa aura de país venturosamente maldito, capaz de lo peor y lo mejor, a medio camino entre la Leyenda Negra y el Siglo de Oro.
Durante la dictadura, la mercadotecnia del turismo landista nos concibió diferentes (Spain is different) promocionando que no éramos Europa y, en consecuencia, los europeos debían acudir a contemplar esta rara avis en su zoo ultrapirenaico. Era un aprovechamiento meditado y ramplón del pedigrí acuñado durante el romanticismo por los viajeros británicos o franceses que se quejaban del ajo, las posadas y los caminos, mientras caían fascinados por la brutalidad y exotismo de nuestro supuesto embrujo montaraz. Años después, la Transición nos hizo a su vez alegres y despreocupados como muchachos con permiso para llegar tarde a casa y obligados a ello, provistos de una jovialidad algo impostada y febril que se agotó en cuanto un par de legislaturas socialistas nos pararon los pies en el viejo (y cansado) continente. Sin embargo, a pesar de todo, seguimos creyéndonos risueños y vocingleros, dados a las beatíficas y soleadas parrandas de los anuncios de San Miguel. Nos creímos también buena gente. Solidarios, con ese punto generoso que avalan el récord en trasplantes, las participaciones militares y civiles en misiones de paz o la expansión de derechos durante el último gobierno socialista. El nuestro era un país afable y humano. Incluso en medio de la crisis económica, el buen rollo parecía la mejor arma con que combatíamos la indignación por la marea de corrupción política o los recortes en servicios públicos básicos en que chapoteamos. Aquí no había partidos ultra, ni violencia en las calles, ni congojas de culebrón. Por no haber, se echaban de menos hasta sinvergüenzas en la cárcel. Pero las faltas de respeto y la intolerancia se miraban mal. Éramos españoles, habíamos ganado un mundial y resistíamos arrogantemente un rescate que nuestro hidalgo gobierno no reconocía haber pedido: podíamos con todo.
Pero despertamos y el dinosaurio está aquí al lado. La hidra de nueve cabezas, el monstruo de la europeidad más oscura e indeseable. Resulta que sí había: fascistas con la bandera del último dictador repartiendo mamporros, nacionalismos decimonónicos y chapuceros, manifestaciones y pancartas de unos contra otros, bandos irreconciliables, personas que se miran mal a la primera frase discrepante, redes sociales inflamadas de furibundos calificativos, mala leche a granel, violencia oral y de la otra. Odio. ¡Que le coooorten la cabeza! berreamos por cualquier pulla, como reinonas de cartón pintado. Lo llaman guerracivilismo algunos azuzadores grandilocuentes, pero se trata del gañanismo faltón de siempre. España, esa nación de enajenación, el inagotable país de las maravillas.
(Publicado el 15/10/2017 en La Nueva Crónica de Léon, en una serie llamada "Las razones del polizón": https://www.lanuevacronica.com/el-pais-de-las-maravillas )