domingo, 20 de agosto de 2017

Rock and roll en la plaza del pueblo



 

Florecen en cunetas o contenedores con apremio luminiscente, grandes letras negras sobre folios amarillos o naranjas y mensajes de tan sucintos, herméticos como consignas de un frente de guerra ilusorio. Marne, 5 y 6 de agosto. Villamayor, 11, 12 y 13. A veces se acompañan de santos y señas aún más crípticos y llamativos, provistos de su propia ortografía, portadores de una promesa rudamente anglosajona o exótica: Disco móvil Amnexia, Strenos, Orquesta Anaconda, Súper Hollywood, Sound Station, Jamaica Show, Buona vita, Mercury, Platinum, Nebraska, Tango, Acordes…
Porque, cuando una generación había desertado de peregrinar a las fiestas de los pueblos, seducida por sirenas urbanas, bares más mundanos y más relucientes discotecas, resulta que una hornada de jóvenes vaga sin rubor ni desaliento por verbenas y celebraciones veraniegas en eras polvorientas, plazas confusas y descampados de pueblos a veces minúsculos, convertidos en centros de atención rutilante para muchos kilómetros a la redonda durante un par de noches al año. Quién lo hubiera sospechado… Y digo verbenas, pero las más de las veces se trata de una caravana sonorizada hasta sus últimas consecuencias dispuesta estratégicamente para que sus remedos musicales impidan escucharse mutuamente, lo suficientemente cerca de una improvisada cantina, lo insuficientemente lejos de unos vecinos que, estoicos o crispados, soportan su inclemencia durante toda esa larga noche. El letárgico corazón de la España vacía fibrila con estos sones noctívagos, culminando una taquicardia que comenzó julio atrás con la llegada de los veraneantes, ese espejismo.
Se extinguían, pero surgieron de un rescoldo agitado, de donde surgen cosas que hace poco juzgábamos vetustas y hasta rancias, y ahora llamamos tradicionales (la semana santa, los juegos florales, las mascaradas…). Cierto es que, pese a los esfuerzos de muchos, sucede lo que en tantas celebraciones ancestrales: se han convertido en un producto de consumo estandarizado que responde, doquiera, a idénticos patrones. La misma mecánica, la misma música, las mismas bebidas y comportamientos, los mismos rostros, gestos, actitudes… Uno acaba por no saber dónde está hasta que pregunta al retén de la Guardia civil que le manda parar a la salida del pueblo, en la penumbra del amanecer.
En septiembre, la carretera discurrirá entre las casas bajo sartas de pequeñas banderas de colores desvaídos, y los coches agitarán levemente las trizas de aquellos anuncios fosforescentes aún adheridas con celofán a las señales de tráfico. Y, tal vez, al conductor se le ocurra tararear alguna canción de las fiestas de su pueblo: “Un poco más de rollo, nene, no vendría mal: si no estoy colocado, no puedo tocar. El rock está en mi cuerpo, y a mí me hace vibrar, saltar y desmadrarme, me puedo liberar. Si el rock esta en tu cuerpo, salgamos a bailar…”
(Publicado el 19/8/2017 en La Nueva Crónica de Léon, en una serie estival llamada "Extinto de verano": http://www.lanuevacronica.com/rock-and-roll-en-la-plaza-del-pueblo)

domingo, 13 de agosto de 2017

Hay que venir al sur



De tanto ser la solución, ha acabado por convertirse en el problema. El turismo. Un problema grave, a juzgar por el lugar que ocupa (el primero) entre las inquietudes de los habitantes de una ciudad durante mucho tiempo paradigma de lo urbano, Barcelona.Rendidas a las hordas de visitantes ocasionales, muchas de las calles del barrio viejo y ensanche barcelonés se han convertido en elinvivible y abarrotado escenario de una decepción tras otra, en la condenación del vecindario y la antesala de una nueva forma de xenofobia. El turismo cultural, nacido como una actividad diletante reservada a las clases pudientes, ha acabado por convertirse en una obligación universal que justifica nuestro tiempo de ocio con huidas a ninguna parte que son siempre huidas al mismo lugar. Y en ese lugar nos encontramos con todo el mundo.
A los problemas de sostenimiento, explotación y hartazgo derivados de esa masificación, hay que añadir la perversa deriva hacia el consumo de recursos públicos en esperpentos, simplezas y pirotecnia destinados a avivar esa “atracción”, de la que se benefician siempre los mismos y salen perjudicados los mismos de siempre. Junto a ello, a la desatención de proyectos serios que no cuentan con favor del público porque no cuentan con el favor de todo el público. Con dos cabezas y un solo dios verdadero, casi todas las consejerías y organismos del ramo someten sus políticas culturales al altar turístico, habitualmente quemando incienso y pergaminos.
Además, a partir delembuste ramplón de que nos sacará de pobres, el turismo (cierta forma de turismo) nos empobrece. Empobrece nuestra historia con patrañas pueriles que son a la historia lo que el fast food a la gastronomía. Empobrece la personalidad y la forma de las ciudades reduciéndolas a prototipos uniformados de tediosase intercambiables zonas céntricas (“cascos viejos” tan nuevos). Empobrece, al fin, nuestro presente, negando al pasado otra capacidad que no sea la de sacrificarse en el altar de unaexplotación cortoplacista, y nuestro futuro, jibarizado en una caricatura con fecha de caducidad. En todo este despropósito alguien se enriquece, por supuesto, mientras reclama recursos de todos para lo suyo; y muchos otros se empobrecen, sensu stricto, mientras abusan de lo suyo, sea público o privado.Los ciudadanos dejamos de poseer nuestra ciudad y pasamos a ser figurantes, tan a menudo disfrazados de época, además; mientras los turistas la toman fugaz, feroz y desdeñosamente, como una plaza conquistada por la vieja estirpe de los pueblos nómadas y guerreros, cuya versión degradada y actual encarnan, aunque ahora cabalguen sobre el cursi trenecito a ruedas que no falta en ninguna parte.
El turismo, ese gran invento. El turismo, presagio de una extinción, se devora a sí mismo. Lo decía la Carrà: “Por si acaso se acaba el mundo todo el tiempo he de aprovechar… hay que venir al sur”.
(Publicado el 12/8/2017 en La Nueva Crónica de Léon, en una serie estival llamada "Extinto de verano": http://www.lanuevacronica.com/hay-que-venir-al-sur-1)

domingo, 6 de agosto de 2017

Gloria



 
Hace ya casi una década que la Ley de la memoria histórica obliga a retirar del callejero el homenaje a los fascistas, golpistas y colaboradores que la dictadura enalteció en esos letreros por toda ciudad y pueblo del país. Hace ya bastantes años que a ciertos ayuntamientos les cuesta encontrar momento para laboriosos dictámenes y sesudas disquisiciones que permitan identificarlos y cumplir con una norma legal de gran sencillez pero que parece ampollar determinados cutis. Hace ya demasiados años que muchos ciudadanos esperan gestos y actos decentes, honorables y humanos que se les deben por justicia y, desde hace diez años, por ley.
El ayuntamiento leonés, siempre a la vanguardia de este tipo de resistencias, ha esperado a ser llevado a los tribunales. Y ahora se ha provisto de un grupo de expertos entre los que no se encuentra ningún especialista en la guerra civil o la historia contemporánea, pese a que tales momentos históricos sean objeto del estudio de numerosos titulados y profesores universitarios muy reconocidos y reconocibles, en estas tierras y otras cercanas. Para más señas, el comité que dilucida el asunto lo componen la concejala del ramo y dos funcionarios de su propia concejalía... Ello podría dar pábulo a cuestionar su informe, pero más lo dan los argumentos que dejan sobre la mesa, tras sus deliberaciones. Se deja al margen a conocidos personajes del régimen a causa de lo “mucho” que hicieron por León. Construir una carretera o un barrio, como si lo hubieran hecho ellos mismos, con sus manos, ellos solos, que diría Bertolt Brecht. Argumento notable, donde los haya, que remite a un tipo de mentalidad. Otro nombre se libra por ser… obispo. Parecen decir, era malo, sí, pero era obispo, que eso lo cura todo. Nótese que ambos argumentos valdrían para mantener a Francisco Franco en la placa de su antaño calle principal. De otro falangista se dice que es poco relevante (J. Mª Fernández). Por supuesto, por eso tiene una calle, y de las grandes. Uno más fue cronista, dicen....
Cuanto más miramos el detalle más se pierde la perspectiva. Lo cantaba Umberto Tozzi: la verdad y la mentira se llaman Gloria. Los nombres que las ciudades otorgan a sus calles, avenidas y plazas son ocasión para reconocer a aquellos de nosotros que nos enorgullecen o nos representan, a aquellos paisanos que alguna vez hicieron que la ciudad fuera mejor, que la vida de sus vecinos lo fuera, que llevaron su nombre por otras tierras con dignidad. Sirven para honrar a quienes nos honraron, para recordar con estima, para refrendar con afecto. Plasman la propia ciudad, al fin, en un brocado de biografías entrelazadas en el que cabe reconocer ese espíritu urbano que llamamos urbanidad. Esa parte es la que debería prevalecer al expurgar del callejero tanta ignominia y desdoro, sin considerar si este fue obispo o aquel mandó asfaltar un barrio.
 (Publicado el 5/8/2017 en La Nueva Crónica de Léon, en una serie estival llamada "Extinto de verano": http://www.lanuevacronica.com/gloria-8)

domingo, 30 de julio de 2017

Black is black



 
Una de las cosas que más se extingue en verano, aunque sea de manera contingente, consustancial a su carácter de “temporada”, es la sensación de realidad, la perentoria impresión de estar en el mundo, el interés por habitarlo. Esa rueda que no cesa de girar, aparenta detenerse por unos días. Un tiempo fangoso sin apremios y sin certezas se despliega bajo nuestros pies enchancletados. Cierto es, he de advertirlo previamente, que la sensación dista de novedad o extrañeza. En los últimos tiempos retroceden a marchas forzadas viejunos conceptos como la verosimilitud, la autenticidad o la coherencia. Pásmense con Trump, of course. Vivimos un verano perpetuo, y no es por el cambio climático. Pero no me refiero a ese quebranto patrimonial del raciocinio, que sí eleva peligrosamente una irredimible prima de riesgo, sino a otra suspensión de la realidad con carácter estacional, achacable a las insolaciones, las bebidas carbonatadas o los esforzados tránsitos intestinales y viarios. El país se puebla de expedientes X y la verdad no está ahí fuera, que hace mucho calor, sino a la sombra de una sombrilla, qué maravilla. El sentido común se va a la playa, producto de una falta de interés epidémica, risueña, amodorrada. Véase: se ojean periódicos al azar, casi sin pretenderlo, y se encuentran reportajes lánguidamente irreales, carentes de atractivo alguno. Declara un presidente del gobierno en los juzgados y, aunque todos sabemos que miente (presuntamente), bajo juramento esta vez, nos preocupa más el sabor algo avinagrado de la ensaladilla rusa. Lógico. El caso está resuelto hace años, y sin embargo the show must go on. Otrosí, entre Cataluña, Venezuela y demás destinos turísticos, se nos olvida hasta quejarnos de lo mal que va León (y de los sitios que, por desgracia para ellos, no son León). En medios más de cercanías, otro show: declaran los siete sabios del milenio que viene (el cuarto) sobre el copón bendito como si fuera el gato de Schroedinger. Un bostezo corta la risilla floja. Esperamos el definitivo testimonio de Terry Gilliam, que él sí que sabe. O de Dios, que, según afirman, está en el ajo.
La noticia de mayor enjundia y trascendencia del verano ha sido el estreno de la temporada de Juego de Tronos (GoT para los iniciados). Este serial no se rinde a la galbana veraniega porque su invierno siempre inminente, siempre presente, nos sitúa en una estación sólida, lejos de figuraciones y espejismos. Por eso triunfa la novela negra escandinava, la sangre sobre la nieve se distingue muy bien. En verano, sin embargo, matamos el rato en una canícula sin contrastes. Añorando las emociones del black is black. Y el momento en que volveremos a casa, o al otoño, que es más o menos lo mismo. Y entonces, el negro será negro como solía. O no. Bad is bad. That I feel so sad. It's time, it's time. That I found peace of mind. Ooh-Ooh. What can I do.It's gray, it's gray…
 (Publicado el 29/7/2017 en La Nueva Crónica de Léon, en una serie estival llamada "Extinto de verano":  http://www.lanuevacronica.com/black-is-black). Las obras de las fotos son de Sean Scully, Black on Black y Malévich, Cuadrado negro sobre fondo blanco.

domingo, 23 de julio de 2017

Torito guapo



 
La televisión a menudo acoge fuegos fatuos, pero también suele convertirse en una suerte de pira funeraria. El verano, por ejemplo, comienza con dos retransmisiones de tono crepuscular: el Tour de Francia y los encierros de San Fermín. Ambos acontecimientos convocan mundos que agonizan. Por ese motivo, de ambos interesa cierta literatura elegíaca, lo que se dice de ellos a título póstumo. No siendo aficionados, disfrutamos con las necrologías que los glosan, con ese aire épico y algo montuno que los convierte en una odisea acontecida a las cinco de la tarde. Léxico que desconocemos y sentidos que se escapan en su plenitud componen, en boca de buenos narradores versados en el tema, la cualidad de un cantar de gesta. Pero no es suficiente, por supuesto. También gustan las crónicas bélicas o la novela negra.
Hace años que el ciclismo gestiona sus sombras y se cimenta sobre el firme resbaladizo y empinado de lo callado acerca de los triunfos de los titanes de antaño. Y las carreras callejeras de mozos y bóvidos, contra lo que pudiera parecer, certifican el declive inapelable de las corridas de toros. De hecho, vemos en el encierro todo lo contrario, la ocasión en que los posibles heridos participan voluntariamente.
La “fiesta nacional” pertenece a una nación que se desvanece. Y sin embargo, hay quien se empeña en su defensa, incluso gastando dineros públicos. Argumentos como el de la tradición tienen la misma utilidad que un reproductor de cintas VHS. Las tradiciones cambian, mueren, desaparecen; y si no lo hacen a tiempo, se convierten en barbarie, zafiedad o estorbo. También se suele recurrir a citar las manifestaciones culturales que, desde antes de Minos hasta las rave parties de Paquirrín, ha propiciado la estética taurina. Esto es como pedir la vuelta de los martirios que relatan las hagiografías católicas. De poco sirve que guste (cada vez a menos) o que se dulcifique (como en Portugal). Y respecto al hecho de que el toro se críe para tal fin, y pueda desaparecer en caso contrario, eso solo revela un tipo de planteamiento hacia tan gallardo animal. Cientos de especies amenazadas e “inútiles” demuestran que nadie pretendería tal cosa. Al fin, la ecuación, de tan simple, se resuelve pronto: infligir daño a un ser vivo hasta la muerte no puede ser un espectáculo. El debate concluye ahí. Ahora solo queda que concluyan la inercia, las pataletas, la airada y añeja pose de quienes no entienden el signo de los tiempos, el progreso de los hábitos y de la forma de pensar. Mientras tanto, puede seguir emocionando que ciertos tropeles corran de madrugada delante de toros y morlacos en las adoquinadas y curvas calles del casco viejo pamplonica, pero tal cosa será tan solo el último hálito de una práctica antaño lucida y excitante, ahora, sobre todo, indigna e indignante. Ya lo resumía El Fary, intelectual del ramo, con evidencias de peso: el torito guapo tiene botines y no va descalzo.
 (Publicado el 22/7/2017 en La nueva Crónica de Léon, en una serie estival llamada "Extinto de verano" http://www.lanuevacronica.com/torito-guapo )